sábado, 30 de abril de 2016

Después de tantos caminos

Hoy, como hace ya unas cuantas mañanas reparé en mi rostro, donde sin notarlo, se fue anidando el tiempo. Una a una cada brizna, cada pequeña hoja, cada semilla, cada ínfimo guijarro,  se fueron enlazando al compás de la vida, formando un cálido cobijo, una coraza resistente, un entramado firme para resistir los soles, los fríos, las penas, las alegrías, las esperanzas, los breves descansos, las madrugadas, las voces de los hijos, sus pesares, sus dolores, también sus risas. Y ahí estaba el aliento, la fuerza, el coraje, la mirada firme para vivir el vaivén constante. Siempre ahí, fuerte, incólume, perenne. 
Hoy, después de tantos caminos, brisas y huracanes, de tantos devenires y avatares, recién hay tiempo para volver a mirar el rostro que recibió todas las visitas, tiempo para remirar el fantástico entramado, para descubrir resquicios, grandes o pequeños, pasos, huellas del  tiempo, que aún sin percibirlas, dejó senderos marcados.  
En la serena certidumbre de los años andados, qué importa ya si los párpados pesan, si hay hondonadas, playas  o caminos por tu cara gastada. 
Está todo, nada sobra, nada falta.

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