miércoles, 6 de abril de 2016

La espera

"La espera" es un excelente cuento escrito por mi amiga Laura Frías, quien gentilmente me ha permitido publicarlo en este sitio.

LA ESPERA

“.... y vivieron felices para siempre” Esas palabras se le quedaron pegadas a Santiago, que siempre esperaba con ansias la felicidad que todos anunciaban. Las vacaciones escolares, por ejemplo, para las que se hacía aventurados planes, como ir a las cataratas del Niágara, a bucear a una isla del Caribe o safaris en el Africa para que al final fueran a parar a una aburrida playa llena de gente, que
llegaban en buses a llenarla de basura y donde apenas se podía caminar.
Al terminar el colegio estudió una de esas carreras nuevas de futuro brillante que prometía ingresos ilimitados. Estudió con ahinco para obtener ese cartón de largo título que lo mantendría por largos años anclado a las computadores de una empresa cualquiera.
Llegó entonces el momento en que por obligación, había que elegir una pareja.. Un reglamento no escrito dictamina que un funcionario tiene que casarse para ser confiable y tener una familia por quien endeudarse y quedar atado a la fuente de trabajo. Elegir no fue precisamente la palabra apropiada, porque la imagen que tenía de algo parecido a una supermodelo, no estuvo disponible para él. Tuvo que conformarse con la que logró encontrar en el mercado a su alcance, una compañera de trabajo.
Pasado un tiempo, vino la inevitable espera del aumento de sueldo que se dilataba y dilataba, pero había siempre una promesa flotando delante de sus narices como un perfume de moda, mientras alarmantes fluctuaciones de la bolsa eran esgrimidas como argumento para no cumplirla.
Hasta que llegó la edad de la jubilación y fue amablemente despedido e informado que ingresaba a la dulce edad dorada en que podría disponer libremente de su tiempo sin necesidad de trabajar y vivir feliz.
Vino  el desastre con la primera mensualidad, dándose cuenta que tendría que sobrevivir no con la mitad de su sueldo, sin con menos aún. Se dio vueltas y vueltas pensando a qué dedicar con medios tan menguados, los gloriosos años restantes.
Además, notó que su presencia no era bienvenida en casa, se habia convertido en un estorbo. Lo peor de todo es que ya no había ninguna maravilla que esperar, porque lo que se divisaba en el horizonte eran soledad, enfermedad y muerte.
Algo se desconectó dentro de su mecanismo vital. Había puesto sus esperanzas en tantas cosas que la publicidad le había mostrado y ninguna se había cumplido. Creyó entonces que jamás había estado en el lugar apropiado para atrapar su ideal. Tomó una decisión, se despidió de su familia y se puso a caminar erráticamente para encontrar ese algo, ese alguien para cuya llegada valía la pena haber aguardado  toda la vida.
Estaba ya muy cansado cuando llegó a una plaza llena de perros dormidos y muchachos que sobrevolaban el lugar con ruedas en los pies.
Para evitar ser atropellado por los desbordes juveniles, se instaló a descansar en el pasto.
Tenía mucho sueño. Llegó la noche, el aire se hizo más fresco, las pisadas de los escasos transeúntes, se escuchaban más claras y sonoras golpeando el silencio.
Santiago sintió que su cuerpo se paralizaba, luego se iba endureciendo en postura inclinada y que sus piernas se alargaban hasta verse elevado en el aire, como si estuviera sobre una plataforma. No sentía hambre, sed ni cansancio. La luna terminó su recorrido nocturno y comenzó a verse la aurora de rosados dedos, como decia Homero.
Los maipucinos que lo vieron la mañana siguiente, pensaron que era una estatua regalada por algún artista. Los funcionarios municipales se sintieron ofendidos por esa repentina instalación, entre gallos y medianoche, que los había privado del acostumbrado cóctel inaugural.
Ahora todos se han acostumbrado a  ver al hombre. Están de acuerdo en que es feo, porque se ve malhumorado con su burda cabeza enterrada entre los hombros observando con intensidad hacia la cordillera.
Algunos dicen que espera el fin del mundo o la llegada del mesías, no faltan los que comentan que se oxidará sin que llegue ni el metro ni el hospital prometidos, otros dicen que lo que busca es la justicia. Con el peso de tantas esperanzas en sus hombros, propias y ajenas,  el hombre se está hundiendo poco  a poco y terminará por desaparecer sin encontrar nada por haber creído en las promesas ilusorias de otros, esperando del incierto futuro lo que tendría que haber buscado en sí mismo.

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