miércoles, 27 de abril de 2016

¿Para qué sirve la cebolla?

¡Uf, largo tema! Da para mucho, pero de pronto, me ha parecido una ingratitud no brindarle un momento de atención a las cebollas, siempre presentes en la dieta de los habitantes de cualquier lugar.
Por supuesto, que todos sabemos que sus propiedades constituyen una fuente importante de aportes a la salud, al gusto y sabor en la preparación diaria de la mayoría de nuestras comidas.
Tampoco olvido el dicho aquel que refiriéndose a los recién casados ( o emparejados, como diríamos hoy día), dice: "Contigo pan y cebolla", dando a entender que lo más importante es la existencia del amor en la relación entre dos personas, aunque ello implique que sólo tengan para comer pan y cebolla. No requieren de nada más.
Entonces, ya ven, es un alimento casi esencial y al alcance de
cualquier bolsillo. Y lo he recordado hoy, porque cada cierto tiempo, me vienen vivos deseos de comerla cruda, preparada como ensalada. Cuando sucede, he ido poniendo atención al momento, y generalmente coincide cuando siento que podría estar incubando un resfríado, o cuando he estornudado más de la cuenta, o siento congestionado mis bronquios a causa del frío al que estuve expuesta. Claro que una vez picada,  la ablando con sal o azúcar, para que suelte el jugo más fuerte, y luego comerla en la última comida del día, pues así siento que no ando "pasada a cebolla".
También viene a mi memoria, las muchas veces que la utilicé para preparar un jarabe natural para mis hijos, cuando pequeños, ayudándoles a despejar sus bronquios o quitar una molesta tos al final de un catarro. La picaba muy fina, a la pluma, y luego colocándola en un plato hondo de loza, rociaba miel sobre ella, dejándola así toda la noche. Al día siguiente, el jugo de la cebolla junto con la miel, forman una especie de jarabe, que yo embotellaba y daba por cucharaditas, cada tres o cuatro horas, durante el día.
Nunca olvido, cuando hace unos años me encontré con la madre de un alumno que tuve de pequeñito y que sufría de asma. A ella le recomendé la preparación del jarabe, y me contaba, que se lo dio como por cuatro veranos seguidos y el chico se alivió de la dolencia, hasta ahora, que es un adulto.
Otro recuerdo que llega, es de cuando mi abuelo paterno pedía que le prepararan cebollas asadas, al horno. A veces, solicitaba que le agregáramos miel o azúcar, arriba, al centro, y se las servía como postre. En otras, un chorrito de aceite o un trocito de mantequilla. Al parecer, desde niño se acostumbró a comerlas de esa forma, y yo supongo que provenía del origen español de su familia. Y bueno, gozó siempre de excelente salud, falleciendo a los noventa años.
Además, impajaritablemente, y hasta el día de hoy, es costumbre en mi casa, que cada invierno pongamos cebollas en vinagre de manzana, para luego comerlas escabechadas.
Y tampoco olvidemos mencionar lo hermosa que son sus numerosas  capas blancas envolviendo su generoso corazón, y el brillante tono café claro, suave y cálido abrazado por la piel de mis palmas.
¡Bien decía yo, que hablar de las cebollas da para mucho y aún queda mucho por decir!

Cedo la palabra.

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