lunes, 25 de abril de 2016

¿Qué enseñar?

A propósito que hoy se han publicado los resultados de las Pruebas Simce correspondientes al 2015, recuerdo lo mucho que me gustó leer el artículo escrito por Cristian Warnken, hace ya más de un año, titulado "¿Qué enseñar?" En honor a la verdad, siempre me resulta muy grato leer sus columnas o disfrutar de sus entrevistas en televisión.
Concuerdo con él plenamente al preguntar: "¿cuándo abriremos un debate sobre qué hay que enseñar en nuestras escuelas? ¿Cómo salvar a los niños de la ramplonería escolar, del didactismo huero que mata el asombro a temprana edad?" Cita, además, a Gabriela Mistral que ha mucho, dijo: "No coloquéis sobre la lengua viva la palabra muerta".
Estos planteamientos vienen a reforzar mi constante
rebelación mientras ejercí de maestra. Primero, ante la gran
cantidad de contenidos de los programas de cada asignatura,
y segundo, en cuanto al aprendizaje del lenguaje en los niveles iniciales, o sea, de primero a cuarto básico.
La cantidad de contenidos de los programas para cada asignatura, obliga a los profesores a mantener un ritmo acelerado constante; a la presión de una marcha sin tregua, que muchas veces, no permite asegurar el cabal aprendizaje o realizar la ejercitación necesaria de los mismos, especialmente atendiendo a la diversidad de los niños, que acusan la presión de este trabajo como un motor que no se detiene un instante, durante el transcurso del año. Es así, que a mayor dificultad con el aprendizaje, presionados también por los padres, unos cuantos se ven obligados a arrastrar mochilas repletas de textos y cuadernos para reforzar contenidos en casa, ya sea bajo la tutela excepcional de una madre que no trabaja fuera, o con la ayuda de una persona contratada para tal efecto, o con la visita regular a un especialista. Todo esto, enmarcado en un horario escolar de casi ocho horas diarias, sin considerar que muchos, al término de las clases, participan también en actividades extra programáticas, generalmente ligadas al deporte. Y no olvidemos que comienzan su jornada muy temprano, y que por razones de horario de trabajo de los padres que los van a dejar al colegio, otros tantos, llegan más temprano aún. ¿Así estamos preservando su infancia? Con toda razón Cristian Warnken dice: "¡no les quitemos a nuestros niños la infancia prematuramente!"
¿Cuánto espacio les queda para echar a volar su imaginación y jugar? Nada. Y entonces surge la nueva opción, porque está ahí, al alcance de la mano, porque  basta un click para encontrar todo, el mundo digital lo atrapa. ¿Habrá siempre un adulto cerca para guiarlo convenientemente?
Pero bien, paso ahora a referirme al segundo punto que me rebelaba: el aprendizaje del lenguaje. El manejo de esta llave que nos abrirá todas las puertas, ya sea las del conocimiento, las de las comunicaciones, las del mundo artístico, las de resolución de problemas, las de cuantificaciones y cálculos, las de expresión de nuestros propios sentimientos, etc. 
Para llegar a convertir el lenguaje en una herramienta eficaz, lo primordial es usarla, usarla y usarla. Lograrlo, inicialmente, a través del mundo de la literatura. En primero básico, paralelamente con la adquisición de los códigos orales y escritos, tener la posibilidad diaria de oír lecturas que exaltarán su imaginación, enriquecerán su vocabulario, les permitirán reconocer valores, establecer juicios, opinar, etc.
En el siguiente nivel, segundo básico, afianzar la seguridad en estos códigos recién adquiridos del ámbito de la lectura y escritura, ahora no sólo escuchando, sino también, leyendo por sí mismos y escribiendo sus impresiones u opiniones sobre lo leído, etc. Pero, ¿qué sucede? Aquí es donde los programas se encargan de restar toda la magia a la utilización de esta valiosa herramienta o llave. Debemos comenzar a hablarles de clasificar y reconocer estas palabras recién adquiridas de acuerdo a sus funciones gramaticales. Matamos enseguida todo lo maravilloso que tiene, volviéndolo una lata, detestándola, desinteresándolos. Y aparecen los sustantivos, adjetivos, artículos, verbos, pronombres. ¿Será necesario ya? Para mí no, rotundamente no. ¡Qué me importa que reconozca o no correctamente una palabra según su función, si en cambio es capaz de expresarse bien, de escribir sus opiniones, de contar qué ha leído, de enviar un mensaje, de usar grafías sin faltas ortográficas, de leer una historia con las pausas y entonaciones adecuadas al texto?! ¡Eso es lo verdaderamente importante! Cuando ya puedan manejarla con eficiencia, cuando esté afianzado el uso de esta maravillosa herramienta, sólo ahí, y en un nivel superior, considero adecuado nominar, conocer y clasificar palabras de acuerdo a la gramática, la ortografía, la semántica, etc.
Ejercitar la lectura oral y escrita requiere de tiempo, todos presentan diferentes grados en su aprehensión, y el programa está ahí, encima, presionando con su larga lista de contenidos, entonces, los profesores, nos vemos obligados a matar la magia para cumplir con él.
Mi experiencia proviene de haber trabajado en un colegio privado, donde los textos y los programas deben ser cumplidos y trabajados en su totalidad. Donde, además, los buenos resultados en las pruebas simce son importantes para la conservación y consecución del número de alumnos. Otra realidad, muy diferente, es la vivida en las escuelas municipales urbanas y rurales, que desconozco.
Ahora, yo sólo me he referido a los programas y a la adquisición del lenguaje. A esto debemos agregar que cada alumno es una persona singular, con emociones, sentimientos, sueños y una familia detrás. En este plano, también debemos contribuir a su formación personal.
En suma, el tema de la educación es muy complejo, y en él juega un rol fundamental, el maestro. Requiere de aquellos que amen su trabajo, de los entusiastas, de los que sean capaces de captar las necesidades de cada alumno, de los motivadores, de los positivos, de los que reconozcan lo verdaderamente importante de entre lo trivial.
¡Qué gran y complejo tema! ¡Qué difícil concordar!

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