viernes, 17 de febrero de 2017

Ese aroma dulzón

Siento que la poesía se arrastra bajo la densidad de esta cálida mañana bajo un revuelto techo formado de grises nubes desordenadas, de grandes rachas de viento pregonando la visita de la lluvia, ondeando como un grueso telón desplegado para opacar el día.
La poesía ha bajado los gigantes párpados del sol y la claridad en un tris se ha esfumado. Pero ella está ahí. ¡Sí! Siempre presente. Se vuelve un voraz y ansioso zorzal, es una ágil lagartija curiosa escondiéndose entre unas ramas.
La poesía empuja al viento que sacude los árboles, forma una lluvia de hojas y semillas  irrumpiendo ruidosamente sobre los empolvados techos; se pega en los goznes de las viejas puertecillas de madera que rechinan golpeándose al
paso de las repentinas ráfagas; la poesía es el polen que despiden las flores de los avellanos, es ese aroma dulzón que en mis narices se pierde; está barriendo cada hoja sacudida y las invisibles partículas vuelan desorientadas, se pegan en mis brazos; mis manos se vuelven ásperas, casi pegagosas, hasta que de pronto, ¡oh, milagro!, unos gruesos goterones caen coronando la singularidad de la tarde. Que lleguen, que vengan, que caigan, que rueden, que se vuelvan millones de versos besando la tierra sedienta.
Y no fueron una, ni dos. De un segundo a otro se sucedieron cientos, miles, millones de grandes gotas rompiéndose con estrépito en todos los lugares. La tierra había soñado recibir sobre su piel reseca el beso de la fresca lluvia; respirar bajo la sombra de oscuros nubarrones. Por eso ahora yace inmóvil, muda, sin parpadeos, entregada, sintiendo cómo bajan las cristalinas gotas formando hilillos de plata, percibiendo el serpenteo presuroso por entre sus venas. Ahí van ellas paso a paso descendiendo, felices de entregar tan fresco y preciado sustento.
Los árboles también se han regocijado con  la húmeda fiesta; han extendido sus brazos ofreciendo las inquietas hojas; por sus ásperos troncos resbalan las alegres gotas  hasta perderse bajo las hierbas.

Los intensos momentos dieron paso a la silenciosa llegada de la noche  plena de calma, que pudo apreciar el regocijo de las plantas recién bañadas. El añorado olor a humedad emergió dulce, fresco y limpio desde el más insignificante de los espacios, acusando la visita de las preciadas gotas derramadas en súbita cascada. La poesía se arropó con todas las sensaciones del día y  se durmió al fin, suavemente abrigada.

Notas de ayer. En la foto flores de avellano.

2 comentarios:

  1. ¡Qué bonito Sara!
    Un abrazo muy fuerte lleno de poesía.

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  2. ¡Hola Marisa!
    Bastante atrasada va mi respuesta; pero he tenido días bastante ocupados y no tuve tiempo de bloguear antes.
    Tus abrazos siempre saben a poesía Marisa, gracias a la inmensa creatividad que te caracteriza.
    Besos!!

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